Tiempos de cuarentena: el virus que nos vino a enseñar que todavía somos humanos

Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay 

Somos seres humanos adaptados a un mundo que nosotros mismos hemos creado. Nuestra vida normal se ha vuelto una rutina que enfrentamos día a día: trabajo, estudio, comer, dormir, divertirse, ir de compras… Todo lo hacemos para vivir mejor. De vez en cuando, nos olvidamos de todo y nos vamos de vacaciones (Quienes tienen las posibilidades económicas); si no, buscamos ir a un lugar cercano y pasar el rato sin preocuparnos por lo demás. Si hay menos presupuesto, una película pirata y alrededor de dos horas frente al televisor pueden ser una catarsis. Los más desfavorecidos buscan una manera de olvidar por un momento el trabajo diario. Trabajamos para sobrevivir y nos olvidamos de vivir. 

Así pasábamos nuestras vidas hasta hace unos meses. Un virus nuevo llegó para enfrentarnos a algo desconocido. Poco a poco nos fuimos enterando de la gravedad y de que podía matarnos. El mundo se fue cerrando, las luces de las grandes ciudades se fueron apagando, las playas se quedaron sin gente y nosotros tuvimos que entrar en cuarentena. Vivir encerrados. Todo parecía catastrófico; pero, de repente, llegaron las imágenes de la vida salvaje recobrando el territorio robado por los humanos. Delfines y ballenas regresaron a las playas; las aguas se volvieron cristalinas en Venecia; patos en las calles de París; jabalíes en Israel; algunos burros retratados cerca de cajeros automáticos en la India. El panorama se veía esperanzador. 

El encierro comenzó. Nos fuimos a casa para estar ahí las 24 horas. Vacaciones adelantadas. Trabajo desde casa en pijama. Poder desayunar mientras se trabaja. Sueldo seguro para los asalariados. Parecía un sueño para muchos; para otros comenzó una temporada difícil por vivir al día, por no tener un ingreso seguro. Sin embargo, parecía una racha que pasaría pronto. El tiempo libre comenzó a ocuparse y las publicaciones en las redes sociales nos lo hicieron saber: más tiempo para leer, cocinar para la familia o aprender a preparar pastelillos, hacer ejercicio, trabajar en los pendientes. Todo parecía ideal; con un virus letal afuera y con los primeros muertos a causa de ese microscópico ser, pero ideal al fin. Comenzábamos a vivir y a disfrutar. 

Una semana. Dos semanas. Tres semanas. Todo seguía pareciendo un sueño. Cuatro semanas. Cinco semanas. Seis semanas. ¿Los viernes con los amigos? ¿Las salidas? ¿Las idas al cine? Mis hermanos comienzan a desesperarme. Mis hijos se vuelven insoportables. ¡Un solo día para poder ir con los amigos después del trabajo, por favor!. ¡Mi rutina era tediosa pero la deseo de vuelta! ¡Quiero salir! Anhelo estresarme en el tráfico. Ir apretado en el transporte público se vuelve un deseo. El encierro comienza a hacer estragos pero mi vecino ya está enfermo de ese virus. El portero del trabajo acaba de morir. Sólo deseo que mi familia esté bien. El miedo comienza a entrar por mis oídos y por mis ojos.  

Se dice que alguien comió un murciélago y en ese momento comenzó todo. Ahora el miedo a contagiarse y el miedo a morir están presentes. La muerte se ha vuelto más común todavía. Cada día pensamos en todo aquello que dejamos de hacer. Tenemos nostalgia de poder convivir, de poder discutir con los colegas en el trabajo. Añoramos poder caminar, deseamos abrazar y sentir ese apretón y el calor del otro. 

Se hablaba de que un cambio vendría pronto y antepondríamos lo humano por encima de lo material. Quizá esta sea la lección que nos haga aprender eso. Hoy, muchas de las cosas que nos hacen ser humanos, las extrañamos. Hoy valoramos ese apretón de manos y esa mirada al saludar a otro. Nos damos cuenta de que el trabajo no es realmente importante; es mejor pasar dos horas con amigos que exigirme y llevarme más trabajo a casa para ser más que mi colega. 

Estamos en una etapa de reflexión. Estamos viviendo algo difícil. Cada día nos enteramos de más enfermos y más muertes; pero también sabemos que muchas personas están en una situación complicada porque su situación económica dependía de la movilidad de los demás. A pesar de todo lo doloroso y difícil que esto sea; nos damos cuenta de que seguimos siendo humanos y seguimos sintiendo. Los ejemplos los podemos ver en los medios y las redes, incluso llegan a nuestros oídos: los vecinos ayudan a la persona que se quedó sin trabajo; las personas con negocios ofrecen comida a aquellos que no pueden comprar alimento; los conocidos se organizan para ayudar a quien infectó el virus y a su familia. Todavía hay humanidad en nosotros. Nuestra esencia no se ha ido. Estamos iniciando ese cambio de perspectiva; no lo olvidemos. Al final, todos somos finitos. Todos vamos a morir un día pero tenemos muchos días de vida, muchas semanas, muchos años. Vivamos como seres humanos.  

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